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Jorge Grippo

La dieta eat well plate de Harvard

El Gobierno de los Estados Unidos, muy preocupado por los altos índices de obesidad, diabetes, enfermedades cardiovasculares y cánceres que sufren los estadounidenses, ha propuesto hace aproximadamente un año una guía para la alimentación sana, intentando sustituir la ya tradicional pirámide alimenticia, que fue elaborada en 1970.

Esta nueva guía fue denominada My Plate y está representada por un ícono en forma de plato; pretende ser mucho más informativa (e intuitiva) en cuanto a las proporciones necesarias de los alimentos.

Sin embargo, la prestigiosa Universidad de Harvard ha respondido lanzando su propia guía alimenticia, denominada en este caso Healthy Eating Plate; su propuesta se basa en investigaciones más actualizadas, y con recomendaciones más específicas, intentando mejorar las (supuestas) deficiencias de My Plate, la guía gubernamental.

Ambos programas comparten el mismo ícono del plato y hacen la misma división de los alimentos en cuatro grupos (cereales, proteínas, frutas y verduras); pero son bastante diferentes en cuanto a sus recomendaciones.

Veamos a continuación algunas de las principales diferencias entre My Plate y Healthy Eating Place.

  • Granos y cereales. El Gobierno no dice en forma explícita que los granos y los cereales integrales sean mejores para la salud. Harvard, en cambio, recomienda limitar al máximo el consumo de las variantes refinadas, y recuerda que el pan o el arroz blancos actúan en el organismo igual que el azúcar; por lo tanto, comer demasiado de estos alimentos hace más difícil controlar el peso y eleva los riesgos de sufrir diabetes y enfermedades coronarias.
  • Proteínas. Los especialistas de Harvard ponen énfasis en el pollo, el pescado, las legumbres y los frutos secos, por su contenido rico en nutrientes; animan a limitar las carnes rojas, y a evitar por completo la carne procesada. Para ellos, es un grave error de la guía gubernamental situar las hamburguesas y los perros calientes dentro de las proteínas tolerables, que pueden comerse de vez en cuando; además de no aclarar bien el hecho de que algunos alimentos ricos en proteínas son más sanos que otros.
  • Lácteos. Mientras que el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos recomienda solamente restringir los lácteos, Harvard los degrada aun más en su dieta sana, por los elevados niveles de grasa saturada que contienen, y también porque su ingesta aumenta los riesgos de cáncer de próstata y ovarios. My Plate admite tres lácteos al día, mientras que Healthy Eating Plate considera que 1 o 2 porciones diarias son suficientes, y sugiere consumir fuentes más seguras del calcio que necesita el organismo, como leche de soja, espinacas, repollo o col.
  • Verduras (legumbres y hortalizas). El Healthy Eating Plate de Harvard promueve el consumo de una abundante variedad de verduras frescas; contrariamente a la guía estatal (que no realiza ninguna distinción), hace una excepción con las patatas, dado que, por tener un alto contenido en almidón de fácil digestión, tienen el mismo efecto en la sangre que los granos refinados y el azúcar; por esto, se recomienda consumirlas de forma moderada y siempre hervidas o al horno, nunca fritas.
  • Frutas. Ambas guías coinciden en darles la misma importancia (muy grande) dentro de la dieta.
  • Otras novedades. Otro elemento diferenciador que la guía de alimentación de Harvard incluye en la base de su “plato saludable” es la actividad física, decisivo factor de salud y de lucha contra el sobrepeso, que las autoridades de Estados Unidos decidieron no mencionar en su propia guía.

Los especialistas de Harvard también hablan de las grandes ventajas del aceite de oliva, muy por encima de los demás, y estimulan a usarlo para cocinar y para aderezar, puesto que ayuda a reducir el colesterol malo y es beneficioso para el corazón en general. Al contrario, recomiendan limitar (o incluso evitar) la mantequilla y las grasas trans.

La dieta Harvard recomienda beber agua, té o café con poco (o nada) de azúcar, y sugiere evitar las bebidas muy azucaradas (como las gaseosas), que contribuyen al desarrollo de diabetes y de obesidad. Por su parte, la guía del Gobierno no se había pronunciado en estos aspectos.

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